Un Peraltés, el Primer Emperador de México

De todos los países de América del Sur, tal vez sea México el que, desde sus orígenes como nación soberana, vio estallar con mayor virulencia todos los problemas que podríamos llamar "Contemporáneos": el problema de las oligarquías nacionales, el de las dependencias económicas, el de la distribución de la tierra. En este contexto, la figura de Agustín de Iturbide sigue siendo polémica. El drama del líder criollo, consistente en el conflicto entre su personalidad de oficial realista de ideas monárquicas y su decidida contribución al logro de la independencia de México, será siempre fuente de investigación y controversia. Iturbide es un ejemplo característico de cesarismo hispanoamericano: en el siglo XIX la increíble epopeya de Napoleón I hizo soñar a muchos hombres de espada en el Nuevo Mundo.

De Hidalga Estirpe Navarra

Al Virreinato de la Nueva España, en busca de fortuna con la que poder dorar sus blasones, pasó a mediados del siglo XVIII el hidalgo don José Joaquín de Iturbide y Arregui (Itúrbide, esdrújulo original en lengua euskara, convirtiéndose al pasar a las Indias en Iturbide, voz grave, por deformación popular). Oriundo de la villa de Peralta en el Reino de Navarra. Era el joven emigrante descendiente de un linaje de "cristianos viejos" cuya casa solariega radicaba en Irisarri. Según costumbre de la época, el mayorazgo permaneciendo en el terruño, continuaba al cuidado de la herencia paterna, mientras que los segundones -cuando no había bienes con qué dotarles, en las familias hidalgas de escaso peculio- marchaban a poblar las Indias o vestían hábitos religiosos o luchaban en los ejércitos del rey. "Iglesia, mar o Casa Real" eran los tres caminos que se ofrecían a aquellos muchachos de temple animoso y hueros talegos.

José Joaquín arribó a la Nueva España en su temprana juventud y radicose en Valladolid de Michoacán. Allí casó en 1772 con una bella criolla de Patzcuaro doña Josefa de Aramburu y Carrillo, perteneciente a una familia de origen vasco. De esta unión nacieron cinco hijos, el menor de los cuales, Agustín -que vio la luz el 27 de septiembre de 1783- haría famoso su noble apellido vasco.

Trabajó duro sin duda el bueno de don José Joaquín y prosperó económicamente. Hay constancia de que en 1790 poseía dos casas en Valladolid y una vasta hacienda en Quino, amén de diversas propiedades rurales de menor extensión.

Constituían los Iturbide una familia rica, respetada y a tenor de testimonios contemporáneos, profundamente devota y firmemente adherida a las tradiciones y costumbres españolas. El pequeño Agustín creció, pues, en un grato ambiente doméstico. Estudió las primeras letras y luego gramática latina en su misma ciudad natal y al cumplir los quince años su padre lo mandó de administrador a la finca de Quino "para que se le formara el carácter". Pero su espíritu fogoso y activo no cabía en los límites de la hacienda paterna. Todo lo empujaba a destinos más acomodados a sus arrestos. Niño y adolescente tenía ya ensueños de combate y triunfo. Atraían sus ojos y sus manos los relámpagos de las espadas sus pasos y su voluntad el sonido de los clarines. Decidido a seguir la carrera de las armas Agustín se enroló en el regimiento de las milicias provinciales. "No conocía otra pasión que la de la gloria", escribiría veinticinco años más tarde.

Fuego en las Venas y Alcohol en el Cerebro

Los tiempos andaban cargados de malos presagios para los imperios coloniales.

En 1789 estalló la Revolución Francesa y sus proclamas de libertad inflamaron la mente de los novohispanos ilustrados que las leyeron desafiando las prohibiciones de la Inquisición. Cundió el descontento por doquier. A partir de un determinado momento pareció como si los gobernantes de España se dedicaran a preparar la sublevación de las colonias. Arribaban los galeones con su cargamento de virreyes, virreinas, peluqueros, contadores y funcionarios peninsulares enfundados en sedas y encajes con las cabezas forradas de pelucas blancas. Los representantes de su Majestad llegaban pensando en levantar jardines, fuentes y monumentos y se entregaban a su tarea con todo entusiasmo. Eran los virreyes de la ilustración y se comportaban como si tuvieran fuego en las venas y alcohol en el cerebro de excitados que estaban por procurar aparentes mejoras materiales. Sin embargo el verdadero bienestar social no prosperaba y latente pero terriblemente poderosa operaba una nueva fuerza llamada a subvertir el orden establecido. Era el criollismo encarnado por los hijos de españoles nacidos en América que no ocupaban los altos puestos a que sus méritos pudieran darles derecho en la sociedad colonial.

Ciñéndonos al territorio mejicano vemos que a principios del siglo XIX había en la Nueva España 70.000 peninsulares dueños prácticamente de toda la riqueza del país. Aunque las leyes no establecían ninguna distinción entre el español europeo y el americano ni tampoco respecto a los mestizos, la diferencia existía de hecho y originó una rivalidad feroz entre "gachupines" y "criollos" que oculta durante muchos años tenía que acabar estallando forzosamente en forma violenta. Viajero infatigable y cronista de excepción, Alejandro de Humboldt observó esta enemistad y dejó consignadas sus apreciaciones en los términos siguientes: Las leyes españolas conceden los derechos a todos los blancos, pero los encargados de ejecutarlas buscan los medios de destruir una igualdad que ofende al orgullo peninsular. El Gobierno desconfiando de los criollos concede empleos importantes exclusivamente a los nacidos en España. El Europeo más miserable, sin educación y sin cultura se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente, y sabe que con la protección de sus compatriotas puede llegar algún día a puestos cuyos accesos están casi vedados a los naturales del país por más que éstos se distingan en saber y en cualidades morales. Los criollos prefieren que se les llame "americanos" y se les oye decir muchas veces con orgullo: "Yo no soy español, yo soy Americano" palabras que descubren los síntomas de un antiguo resentimiento.

En verdad resonaba ya bajo la agrietada bóveda de la colonia el choque apocalíptico de dos mundos: Europa y América.

Un Joven Alférez Criollo

En Valladolid de Michoacán había una plaza, la de las Rosas; en la plaza, un colegio: el de la Santa Rosa. Sobre la planta baja del severo edificio cerrado como un muro de convento había un balcón largo y espacioso. Los sábados salían las alumnas internas del colegio a lucirse al balcón y llegaban en tropel docenas de muchachos a tratar de cruzar alguna mirada con las chiquillas.

Al pensionado de Santa Rosa acudían a formarse las hijas de las mejores familias de Valladolid de donde se deduce que quienes se apiñaban los sábados en la plazuela eran asimismo vástagos de la aristocracia local. Algunos vestían el uniforme azul con entorchados blancos del regimiento Michoacán y entre éstos destacaba por, su apostura el joven Agustín de Iturbide a la sazón perdidamente enamorado de Ana María Huarte, linda y asidua concurrente al mirador.

La boda del gallardo alférez de veintidós años con aquella belleza criolla de apenas diecinueve -hija del acaudalado intendente don Isidoro Huarte uno de los próceres más distinguidos de la villa- se celebró en la catedral vallisoletana el 27 de febrero de 1805. Ana María además de su gracia y su hermosura aportaba una sustanciosa dote de cien mil pesos, parte de la cual empleó el novio en comprar la hacienda de Apeo, en el pueblo de Maravatio.

Llegaron los turbulentos años de la invasión napoleónica en la península Ibérica. Las renuncias de Carlos IV y Fernando VII al trono de las Españas, el caos virreinal y finalmente el grito autárquico del cura Hidalgo de Dolores. La noticia ,del levantamiento insurgente llegó a la hacienda de Apeo el 20 de septiembre de 1810. Iturbide marchó a la capital a ofrecer sus servicios al Gobierno realista. Allí fue comisionado para sofocar diversos motines y recibió después órdenes de incorporarse con sus hombres a las fuerzas del coronel Trujillo quien estaba encargado de interceptar el paso de Hidalgo a la capital. El mismo Hidalgo que al iniciar su campaña había ofrecido a Iturbide un alto puesto al frente del ejército insurgente. Pues en el espacio de solo tres meses el cura rebelde había logrado reunir un ejército de cien mil hombres.

Como premio a su destacada actuación en la batalla del monte de las Cruces, Iturbide realista a machamartillo, será ascendido a capitán. Obtuvo renovados ascensos en años sucesivos, combatiendo con éxito a Morelos García y otros guerrilleros seguidores de Hidalgo. La serie ininterrumpida de triunfos lo convirtió prestamente en el oficial criollo más popular y reputado del ejército realista: en 1813 era nombrado coronel al mando del regimiento de Celaya y dos años después ocupaba la intedencia general de Guanajuato y era designado jefe del Ejército del Norte. Crecía su fama y los decires iban y venían en torno a su figura: "que si era cicatero, codicioso, violento en extremo..."

Las Razones de una Actitud

Por encima de cualquier otra consideración, los adversarios de Iturbide le acusaron -le siguen acusando- de enemigo de la independencia por no alinearse desde el principio junto a las tropas insurgentes por combatirlas y despedazarlas. Y ciertamente combatió la revolución de Hidalgo y por las mismas razones que tuvieron otros que siendo partidarios de la emancipación también se le opusieron, porque tenían el convencimiento de que los planes del cura y sus seguidores significaban la independencia más una subversión social. Quizá temieron un movimiento anárquico y devastador realizado con enorme entusiasmo pero escasa reflexión.

Agustín Iturbide se hallaba en el caso de los demás criollos que pertenecían al ejército realista: partidarios de la independencia mejicana pelearon no obstante contra los caudillos populares enfrentados con la metrópoli. Canalizo, Codallos, Bustamante, Filisola, Quintamar, Santa Ana, Barragán Arista, Herrera y un largo etc., militaron bajo las banderas realistas y fueron más tarde junto a Iturbide quienes desligaron a Méjico de España. Incluso alguno de ellos ocuparía posteriormente la presidencia de la república. No hay incongruencia en su conducta. Si no se sumaron a los insurrectos fue porque estando de acuerdo con el propósito final no lo estaban en absoluto con el modo de ejecutarlo ni con las repercusiones que aquella rebelión podía tener.

Cuartelazo en Primavera

El 18 de mayo de 1822 a las diez de la noche un puñado de soldados del regimiento de Celaya capitaneados por el sargento Pío Marcha lanzáronse a la calle gritando "Viva Agustín I emperador de Méjico". A las aclamaciones de la tropa se unieron las del pueblo y la capital entera despertó. Se iluminaron las casas, la gente se concentró frente a la residencia del generalísimo y los vítores en su honor tornáronse ensordecedores.

Iturbide jugaba al tresillo en su mansión de la calle de San Francisco (antiguo palacete de la noble familia Moncada) cuando estalló el pronunciamiento. Salió al balcón varias veces y habló a la multitud enfervorizada. Claramente manifestó su repugnancia en aceptar la Corona que se le ofrecía. Pero la masa ahogó sus protestas con vivas y ovaciones. Llamó entonces don Agustín a los miembros de la Regencia, a diversos generales y diputados y al presidente del congreso. Todos le aconsejaron que cediese a la voluntad general.

Parece indudable que Iturbide quiso rechazar la propuesta. Los que afirman lo contrario nunca han podido demostrar que intrigara para subir al trono ni que propugnase el levantamiento a su favor. No existe el menor indicio, una sola prueba fehaciente. El historiador discurre ante el hecho por los cauces de la probabilidad de las meras suposiciones. Registramos lo que anotó el propio protagonista en sus "Memorias": "Hube de resignarme a sufrir esta desgracia -dice- pues el pueblo lo reclamaba, la Regencia fue del parecer que debía conformarme con la opinión general y los jefes del ejército añadieron que así era la voluntad de todos. Si yo hubiese albergado desde un principio como se me imputa las miras de ceñirme la Corona, no hubiera dicho todo lo contrario en el Plan de Iguala".

Probablemente la espontánea proclamación no fue un simple efecto de la asonada de los sargentos de Celaya; estaba en la atmósfera por la popularidad clamorosa de Iturbide, encarnación del nacionalismo triunfante. La repulsa de las Cortes Españolas había dejado al Imperio dueño de sus destinos. Un deseo vehemente de retar al poder de Fernando VII colocando frente a él a un monarca nacido del movimiento mismo de la independencia traslucía una opinión dominante y avasalladora. A las siete de la mañana del día 19 ya estaba reunida la suprema asamblea para deliberar sobre el acontecimiento. Una inmensa muchedumbre rodeaba la Cámara y lanzaba gritos y aclamaciones. A la una y media de la tarde se apaciguó el tumulto y el debate comenzó. Propúsose la alternativa de consultar a las provincias o proclamar a Iturbide sin más tardanza. Don Agustín que estaba presente apoyó lo primero y tomó la palabra repetidas veces para sostenerlo. La votación fué secreta y por 67 votos contra 15 que opinaron por la previa convocatoria provincial Agustín de Iturbide fue elegido emperador.

Bolívar al enterarse de la proclamación escribió: "Pocos soberanos europeos son tan legítimos como él y aún puede ser que no lo sean tanto".

Ungido y Coronado

La nación entera aplaudió la elección de Iturbide. Lo dice el gran historiador mejicano Lucas Alamán de probada hostilidad hacia el protagonista: "En todas las provincias se recibió con aplauso la noticia. Todas las autoridades se apresuraron a enviar sus felicitaciones . El Congreso no sólo espontánea, sino devotamente sin que concurriera la presión de la plebe en medio de la mayor tranquilidad ratificó la designación y acordó el 22 de junio por unanimidad absoluta que la Corona fuese hereditaria en la descendencia de Agustín I. Su primogénito Agustín Jerónimo de quince años de edad fue declarado príncipe imperial y sus restantes hijos e hijas príncipes mejicanos con tratamiento de Altezas. El anciano padre del emperador recibió el título de príncipe de la Unión y su hermana Nicolasa el de princesa de Iturbide.

El 21 de julio de 1822 tuvo lugar la solemne coronación de Sus Majestades en la catedral de Méjico resplandeciente de luces y dorados. El obispo de Guadalajara procedió al rito de la unción y el presidente del Congreso colocó la corona imperial en las sienes del soberano. Dicen que al ceñirle la corona que era de tamaño diferente al de la cabeza de don Agustín se ladeó y el presidente creyóse obligado a advertir por lo bajo: "No se le vaya a caer a Vuestra Majestad". A lo que Iturbide respondió con acento zumbón: "Yo cuidaré de que no se me caiga..."

Terminada la ceremonia, la comitiva imperial se dirigió al palacio de los virreyes. Ahí desde el balcón principal a diecinueve años del balcón del colegio de Santa Rosa Agustín I el ex alférez y Ana María la chiquilla provinciana de entonces, ahora emperadores de Méjico, saludaron a su pueblo.

Hubo bailes, fuegos artificiales y cómo no los inevitables ripios de turno. A la emperatriz cuya belleza se veía temporalmente afectada por un avanzado embarazo le dedicaron varios de este calibre:

"Viva con Agustín siempre ensalzada a ser admiración de las naciones viva feliz, viva eternizada en nuestros finos y leales corazones Viva del Ser Supremo señalada tanto que digan las generaciones ¡Fue de Méjico la gloria y la alegría la digna emperatriz Ana María!"

La Hora del Desengaño

Ocho meses después cuando apenas se habían extinguido los ecos jubilosos de la coronación, el imperio dejaba de existir.

¿Por qué cayó Iturbide si contaba con la adhesión de su pueblo y parecía la persona más adecuada para gobernarlo? La independencia era cosa grata de adquirir pero nadie se mostraba dispuesto a pagar su difícil precio, a acrecentar las exhaustas arcas del erario público.

Nadie daba nada pero todos pedían. Era interminable la lista de los que solicitaban empleo como remuneración a sus servicios por la causa, de quienes reclamaban los bienes perdidos o exhibían heridas recibidas en campaña exigiendo pensiones de militares que clamaban por la paga de atrasados haberes toda una catarata de pedigüeños a quienes no podía darse satisfacción y por ende, todo un ejército de inconformistas y descontentos que renegaban del imperio. La Orden de Guadalupe fundada para premiar méritos era un pobre recurso para honrar con ella a tantos aspirantes a honores y recompensas. La fuga de capitales españoles -de los capitales reunidos durante la época colonial- agravaba la pavorosa crisis económica. Únicamente en el aspecto territorial se consiguieron avances, efímeras adquisiciones, durante el régimen lturbidista los países de Centroamérica fascinados por la personalidad del libertador y por la doctrina expuesta en Iguala se incorporaron en masa al Imperio Mejicano que de tal forma se extendió desde Oregón y el río Colorado hasta el istmo de Panamá. Las lejanas provincias permanecieron adictas a su ídolo desconocido y sólo volvieron a separarse después de su caída. El sueño albergado por Iturbide de constituir una única y vasta nación "mayor que cualquier otra América con una misma lengua y una misma religión" se esfumó entonces para siempre.

Había sonado la hora de los desengaños. No fue la calle sino el Congreso quien se enfrentó abiertamente al emperador Agustín I. Le apoyaban el alto clero, parte del ejército y los monárquicos leales a la secular forma de gobierno, se le oponían los viejos insurgentes, las clases medias liberadas, los republicanos doctrinarios. Y Agustín I no duda en disolver el Congreso (el 31 de setiembre de 1822) y encarcelar a 26 diputados acusados de conspirar contra el régimen. La asamblea fue reinstaurada poco después pero algunos oficiales independentistas (López de Santa Ana, Guadalupe, Victoria Guerrero Bravo), calificaron de tiránica dicha disolución y proclamaron la República. Forzado por las defecciones militares de sus propios generales Iturbide abdicó desilusionado el día 19 de marzo de 1823 y se exilió a Italia. "Entonces pudo comprobarse que no había acumulado riquezas y sólo contaba con su pensión anual", señala su biógrafo norteamericano, Joseph Schlarman.

Un Trágico Final

No pocos de sus antiguos compañeros y en general buena parte de la alta y media sociedad capitalina se habían cebado en la corte de Agustín I cuyo encubrimiento de golpe y porrazo debió parecerles un golpe teatral. Se ridiculizó el hecho de que la corona imperial hubiera sido fabricada a toda prisa con joyas prestadas, las pintorescas vestiduras usadas por sus Majestades el día de la coronación -inspiradas en grabados franceses de la época napoleónica-, el protocolo impuesto en el palacio de Moncada en torno a los soberanos al cuidado vigilante de pajes chambelanes, maestresalas y damas de honor. Alguien llegó a sugerir que el nombre de Agustín era vulgar e impropio de un emperador y que para una princesa el de Nicolasa valía tanto como el de Nicomicona... Iturbide era hombre a la medida de su puesto por habilidad y arrestos, pero le faltaba un elemento irremplazable en las monarquías: el tiempo, la tradición, la estirpe. Un emperador no se improvisa. El libertador lo sabía y por ello abogó en Iguala por un monarca ya hecho...

Tal vez su Gobierno se hubiese consolidado sin la oposición sistemática del Congreso. En ocho meses la suprema corte nada hizo para poner en marcha la Constitución, objetivo fundamental de la asamblea, nada para levantar la Hacienda en estado caótico. "Se concretaba en obstaculizar a Iturbide", anota Alvear Acevedo en su "Historia de Méjico". Soplaba también en la Cámara el influjo yanki contrario al Imperio.

Tras la abdicación de Agustín I, uno de los diputados, fray Servando Teresa de Mier, confesó francamente: Si nos resistimos a promulgar una Carta Constitucional para la nación fue porque Iturbide nos la exigía y no queríamos consolidar su trono.

Acompañado de su mujer sus hijos y unos pocos servidores, don Agustín embarcó rumbo a Liorna donde alquiló una pequeña casa de campo y se dedicó a redactar sus "Memorias". Al correr la pluma sobre los pliegos aliviaba su desamparo. Mientras tanto España presionaba para que su antiguo rival fuera expulsado de la península italiana. El desterrado tuvo que trasladarse con su familia a Inglaterra. Hasta allí llegaron rumores asegurando que el Gobierno de Madrid con la ayuda de la Santa Alianza proyectaba la reconquista de Méjico. Sin dudarlo un instante, decidió regresar y ofrecer su espada para defender a su país del ataque español.

El 15 de julio de 1824 desembarcó en tierras aztecas y ante su sorpresa fue hecho prisionero. Ignoraba que el Congreso había dado un decreto el 28 de abril de aquel año (hecho público el 7 de mayo), por el cual se le consideraba traidor y puesto fuera de la ley: en caso de que volviera a presentarse en Méjico se le fusilaría sin contemplaciones.

Cuatro días más tarde tras un juicio sumarísimo en la localidad de Padilla, Estado de Tamaulipas, don Agustín, sereno, gallardo, digno fue caminando hasta el lugar de la ejecución. Al sacerdote que lo confortaba le entregó para que lo hiciese llegar a manos de su esposa su rosario, su reloj y una carta. Le quedaban en los bolsillos tres onzas y media de oro y quiso que las repartieran entre los soldados que iban a ajusticiarlo. De pie cara a la muerte habló a la multitud atónita y conmovida que contemplaba la escena. Su voz sonó firme como en las mejores arengas de sus días de triunfo:

"Mejicanos, muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros".

Después rezó el credo y sonó la descarga. Su cuerpo quedó en el suelo, bañado en sangre durante largo rato. Luego lo enterraron en un hoyo frente a la iglesia del pueblo.

Cuando la carta póstuma llegó a su destino Ana María pudo leer "La Legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado. Me someto a la voluntad divina, da a nuestros hijos el último adiós y diles que muero buscando el bien de mi patria. Te envío mi reloj y mi rosario, única herencia de tu infortunado Agustín".

En 1838 rehabilitada su memoria, los restos del libertador fueron trasladados con gran pompa a la catedral de Méjico, donde reposan en una urna cubierta por la bandera que él creó. El epitafio es como un tributo del pueblo mejicano a su extraordinaria figura.

AGUSTÍN DE ITURBIDE AUTOR DE LA INDEPENDENCIA MEJICANA COMPATRIOTA, LLÓRALO; PASAJERO, ADMÍRALO ESTE MONUMENTO GUARDA LAS CENIZAS DE UN HÉROE SU ALMA DESCANSA EN EL SENO DE DIOS.




















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Última actualización: 22 Marzo 2009.